Los cinco horizontes de la innovación: una hoja de ruta para transformar la energía

Por Lidia Caramazana, responsable de la línea de innovación de biocombustibles de Naturgy.

La transición energética no es solo un reto tecnológico. Es, sobre todo, un desafío de transformación que exige conectar el conocimiento con la realidad, la ciencia con la industria y la innovación con las necesidades de la sociedad.

En el marco de la entrega de ‘IV Premio a la Investigación e Innovación Tecnológica en el ámbito Energético de Fundación Naturgy y CSIC’, hemos vuelto a comprobar que el talento científico en nuestro país es extraordinario. El proyecto ganador, centrado en la producción de biometano de nueva generación a partir de corrientes complejas, es un buen ejemplo de ello: combina una base científica sólida con un claro potencial de impacto y de aplicación real.

Sin embargo, el verdadero desafío no es solo generar conocimiento, sino conseguir que ese conocimiento se traduzca en soluciones que lleguen al mercado y transformen el sistema energético. Ese “salto” entre el laboratorio y la industria sigue siendo, en muchos casos, el eslabón más difícil de consolidar.

En Naturgy entendemos la innovación precisamente como ese puente. No como un ejercicio aislado, sino como una función integrada en el negocio, orientada a acompañar su evolución y a anticipar los cambios que marcarán el futuro de la energía.

Para ello, hemos definido cinco grandes horizontes de innovación que nos ayudan a ordenar prioridades y a enfocar nuestros esfuerzos. No son categorías teóricas, sino una lectura de cómo creemos que va a evolucionar el sistema energético en los próximos años, en un contexto marcado por la descarbonización y la digitalización.

El primero de estos horizontes se centra en los gases renovables y la valorización de residuos. Sabemos que hay una parte de la demanda energética que no podrá electrificarse, y ahí las moléculas verdes desempeñarán un papel fundamental. El biometano es ya una realidad, pero también una palanca de innovación que abre nuevas oportunidades tecnológicas en toda su cadena de valor.

El segundo horizonte aborda las renovables emergentes. Tecnologías como la solar o la eólica han alcanzado un alto grado de madurez en tierra, pero siguen ofreciendo un enorme potencial de desarrollo en entornos como el marino, donde pueden contribuir a ampliar la capacidad de generación en espacios con nuevas posibilidades de desarrollo.

El tercer ámbito es la operación inteligente de red. Gestionar infraestructuras críticas cada vez más extensas y complejas exige avanzar hacia modelos más digitales, eficientes y seguros. No es solo una cuestión tecnológica, sino de competitividad.

En cuarto lugar, situamos la innovación en el ámbito de los nuevos modelos de relación con el cliente. La transición energética también se construye desde la demanda, y por eso es necesario desarrollar nuevos productos y servicios que aporten flexibilidad, eficiencia y valor añadido, desde comunidades energéticas hasta soluciones personalizadas.

Finalmente, el quinto horizonte se centra en los nuevos vectores energéticos, como el hidrógeno o los combustibles sintéticos. Son soluciones clave para sectores industriales donde la electrificación no es viable, y en los que la innovación debe seguir avanzando para hacerlas competitivas y escalables.

Estos cinco horizontes reflejan una convicción: la innovación solo tiene sentido si está alineada con los retos reales del sistema energético y contribuye a transformar el modelo productivo.

Ahora bien, definir la dirección es solo el primer paso. La pregunta clave es cómo convertir esa visión en proyectos concretos que generen impacto.

Desde nuestra experiencia, hay tres elementos que resultan determinantes para que un proyecto de innovación tenga éxito en la colaboración entre empresa y comunidad científica. El primero es el encaje estratégico. No toda investigación, por valiosa que sea, responde a las necesidades del sistema energético o del negocio. Es fundamental que exista una alineación clara con las prioridades actuales y futuras.

El segundo es la vocación de escalabilidad. La innovación necesita tiempo, pero también dirección. Desde el inicio, los proyectos deben nacer con la mirada puesta en su aplicación real, en cómo van a crecer y en cómo pueden integrarse en el tejido industrial.

Y el tercero, muchas veces infravalorado, es el equipo. La colaboración entre empresa y centros de investigación requiere compartir objetivos, tiempos y lenguaje. Cuando esa alineación no existe, incluso las mejores ideas pueden quedarse por el camino.

En este contexto, iniciativas como el Premio Fundación Naturgy-CSIC tienen un valor que va más allá del reconocimiento. Son un punto de encuentro entre talento, conocimiento y visión empresarial. Permiten identificar proyectos con potencial, acompañarlos en su desarrollo y, sobre todo, reforzar un ecosistema donde la innovación se orienta a generar impacto real en la sociedad.

La transición energética necesita ciencia. Pero necesita, sobre todo, que esa ciencia se convierta en soluciones. Y ese es, precisamente, el papel que queremos desempeñar: impulsar una innovación que no se quede en la idea, sino que llegue a transformar la energía que usamos cada día.

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