Hace unos meses contábamos cómo el proyecto “Castañas, osos y desarrollo rural” nacía con un objetivo claro: recuperar los castañares tradicionales y devolver vida al medio rural. Hoy, esos primeros pasos ya tienen resultados tangibles que muestran cómo la naturaleza, bien gestionada, puede convertirse en una palanca real de biodiversidad, empleo y desarrollo local.
Recuperar un bosque no es solo plantar árboles. Es entender un territorio, sus necesidades y su historia. Es trabajar con las personas que lo habitan y con las especies que dependen de él. Bajo esta premisa, hemos colaborado con la Fundación Oso Pardo en un proyecto que demuestra que la transición ecológica también se construye desde lo local.
En apenas unos meses, la iniciativa ha permitido crear más de 28 hectáreas de nuevos sistemas agroforestales de castaño, en zonas especialmente sensibles de la cordillera Cantábrica, como Cangas del Narcea y Páramo del Sil. Estas áreas, afectadas en parte por incendios forestales recientes, han sido el punto de partida para impulsar una recuperación que va mucho más allá del paisaje.
El resultado es visible: más de 12.400 castaños plantados, combinando árboles injertados con variedades locales y plantas autóctonas sin injertar. Esta combinación no es casual. Permite equilibrar productividad y resiliencia, reforzando la capacidad del ecosistema para adaptarse a un entorno cada vez más cambiante.
Pero el impacto no se queda en lo ambiental. El proyecto ha contribuido también a generar actividad económica en el entorno, mediante la contratación de cuadrillas locales y la implicación de empresas de la zona. A ello se suma la firma de acuerdos con propietarios de los terrenos, integrando el proyecto en la realidad social del territorio.
Además, la iniciativa ha tenido un importante componente participativo. Las jornadas de voluntariado han reunido a decenas de personas que han colaborado directamente en las plantaciones, fortaleciendo el vínculo entre la ciudadanía y el entorno natural. Esta implicación social es clave para garantizar la continuidad y el cuidado de los nuevos castañares en el tiempo.
El proyecto también aporta valor desde el conocimiento. La selección de variedades locales, el diseño de las plantaciones o la adaptación a las condiciones del terreno han contado con base científica, asegurando que cada actuación contribuya a un modelo robusto y replicable de bioeconomía forestal.
Los beneficios de este enfoque son múltiples. Los nuevos castañares mejoran la biodiversidad y ofrecen alimento a especies como el oso pardo, clave en estos ecosistemas. Al mismo tiempo, contribuyen a la prevención de incendios, actúan como sumideros de carbono y recuperan espacios que habían perdido su funcionalidad productiva.
No obstante, el proyecto también ha puesto de manifiesto algunos retos. La sequía o la necesidad de seguimiento en los primeros años recuerdan que la restauración ambiental es un proceso a largo plazo, que exige constancia y adaptación.
Los resultados alcanzados muestran que es posible construir modelos de desarrollo que integren naturaleza, economía y comunidad. Iniciativas como esta consolidan al castaño como una especie estratégica para el futuro del medio rural y abren la puerta a seguir ampliando este modelo en otros territorios.
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