La transición energética no es una meta estática ni una sucesión de objetivos aislados. Es un proceso de transformación profundo que debe conciliar la descarbonización con la competitividad, la seguridad de suministro y la capacidad de hogares y empresas para adoptar nuevas soluciones energéticas.
España avanza en esa dirección. Hemos incrementado la presencia de las energías renovables, reducido emisiones y desarrollado nuevas capacidades tecnológicas. Sin embargo, el ritmo de ejecución será determinante para saber si podemos alcanzar buena parte de las metas fijadas para 2030.
Esta es una de las principales conclusiones del ‘Análisis del grado de avance y perspectivas de cumplimiento del PNIEC 2023-2030’, el estudio elaborado por EY y publicado por Fundación Naturgy, que analiza el grado de avance y las perspectivas de cumplimiento del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2023-2030. El informe estudia la evolución de los principales indicadores energéticos y climáticos y distingue los ámbitos que progresan según lo previsto de aquellos en los que todavía existen brechas relevantes.
Una hoja de ruta ambiciosa para transformar nuestro sistema energético
El PNIEC establece una hoja de ruta exigente. Entre sus objetivos para 2030 figuran reducir un 32% las emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 1990, alcanzar un 48% de renovables sobre el consumo energético final, situar en el 81% la generación eléctrica renovable y reducir la dependencia energética hasta el 50%. También contempla 12 GW de capacidad de electrólisis para producir hidrógeno renovable y cerca de 20 TWh anuales de biogás y biometano.
El análisis reconoce los avances logrados, pero señala que la trayectoria actual no resulta suficiente para cumplir el grado de exigencia temporal del Plan. Los mayores desafíos se concentran en la reducción de emisiones, la electrificación de la demanda, las redes y el almacenamiento energético.
Esto no significa que debamos rebajar nuestra ambición. Significa que tenemos que reforzar la ejecución, evaluar periódicamente los avances y dirigir los esfuerzos hacia las áreas donde las distancias entre los objetivos y la realidad siguen siendo mayores.
Reducir emisiones exige actuar sobre todos los usos de la energía
España ha conseguido reducir sus emisiones durante los últimos años. En 2024 se situaron por debajo de los 268 millones de toneladas de CO₂ equivalente, el nivel más bajo registrado desde 1990. Aun así, la reducción alcanzada respecto a ese año de referencia fue del 6,7%, mientras que el PNIEC establece una disminución del 32% para 2030.
Si continuase la tendencia analizada en el informe, las emisiones se situarían en torno a 230 millones de toneladas de CO₂ equivalente en 2030, lo que supondría alcanzar el 59% del objetivo previsto. El estudio concluye, por tanto, que será necesario acelerar de manera significativa la reducción durante los próximos años.
El reto se concentra especialmente en los sectores difusos, como el transporte, la agricultura, la edificación y los residuos. Son ámbitos muy atomizados, en los que el cambio depende de numerosas decisiones individuales de consumo e inversión y de ciclos largos de renovación de vehículos, edificios o instalaciones.
Por eso, la transición energética necesita llegar de forma efectiva a los usos finales. Tenemos que ofrecer soluciones que permitan a consumidores y empresas descarbonizarse de acuerdo con sus circunstancias, sus necesidades tecnológicas y su realidad económica.
Instalar renovables es esencial, pero también debemos integrarlas
Uno de los aprendizajes más relevantes del estudio es que no basta con incorporar nueva potencia renovable. Necesitamos asegurar que esa capacidad pueda transformarse en energía útil, integrarse en el sistema y llegar hasta los lugares donde se consume.
En 2025, la potencia renovable instalada alcanzó aproximadamente 103,6 GW, por encima del objetivo intermedio del PNIEC. Sin embargo, la producción renovable se situó en torno a 163,4 TWh, frente a los 202,6 TWh previstos. La generación renovable representó así el 56,5% del mix, por debajo del objetivo intermedio del 67%.
Esta diferencia entre capacidad y generación efectiva evidencia la necesidad de avanzar simultáneamente en redes, almacenamiento, interconexiones, flexibilidad y electrificación de la demanda. De lo contrario, una parte creciente de la energía renovable disponible puede no llegar a aprovecharse plenamente.
Las redes ocupan una posición central en esta transformación. Son las infraestructuras que deben conectar la nueva generación con los nuevos consumos, facilitar la electrificación y responder a un sistema cada vez más distribuido y complejo. El informe identifica su capacidad como uno de los principales obstáculos actuales para avanzar, debido a la saturación de determinados nudos y a las limitaciones para conectar nuevos proyectos de generación y demanda.
El almacenamiento y la flexibilidad, piezas necesarias del nuevo sistema
Un sistema con una elevada penetración de tecnologías renovables variables necesita recursos capaces de almacenar energía, responder a cambios de la demanda y aportar respaldo cuando sea necesario.
El PNIEC establece una meta de 22,5 GW de capacidad de almacenamiento instalada en 2030. El informe distingue entre el almacenamiento diario o semanal, asociado principalmente a baterías, y el almacenamiento estacional, apoyado fundamentalmente en el bombeo hidroeléctrico.
El desarrollo de las baterías dispone de una cartera amplia de proyectos. Sin embargo, el almacenamiento estacional presenta más incertidumbres debido a los largos plazos de tramitación y construcción. El análisis estima que, sumando la capacidad de bombeo actualmente operativa y el proyecto con previsión realista de entrada antes de 2030, se alcanzarían alrededor de 6,5 GW, lejos de los 10 GW previstos para esta modalidad.
Acelerar estas infraestructuras será esencial para aprovechar mejor la generación renovable, reducir excedentes y reforzar la seguridad y la autonomía del sistema.
El biometano abre una oportunidad para avanzar con más soluciones
La transición energética no será igual en todos los sectores. Existen actividades industriales, usos térmicos y segmentos del transporte en los que la electrificación directa presenta todavía limitaciones técnicas o económicas. En ellos, los gases renovables pueden aportar soluciones complementarias, almacenables y gestionables.
El estudio identifica el biometano como uno de los vectores con mejores perspectivas de crecimiento. En España existen 26 plantas operativas, con una capacidad agregada de 920 GWh anuales, mientras que las estimaciones del gestor técnico del sistema contemplan que podrían alcanzarse alrededor de 270 instalaciones y una capacidad asignada próxima a 22 TWh anuales en 2030. Aplicando el factor de carga histórico, la inyección efectiva se situaría en torno a 15,3 TWh, aproximadamente el 77% del objetivo del PNIEC, a lo que habría que sumar proyectos no conectados directamente a la red.
Para materializar ese potencial necesitaremos un marco regulatorio estable, señales de demanda suficientemente claras, facilidad de conexión y criterios sólidos de sostenibilidad territorial, ambiental y social. También será fundamental trabajar desde el diálogo temprano con los territorios y las comunidades vinculadas a los proyectos.
La segunda mitad de la década será decisiva
El diagnóstico del informe es exigente, pero también señala con claridad dónde debemos actuar. La transición energética española ha avanzado en descarbonización, despliegue renovable y modernización regulatoria. El principal reto consiste ahora en acelerar la electrificación, activar la demanda, reforzar las redes, desplegar almacenamiento y convertir las carteras de proyectos en inversiones materializadas.
Tenemos objetivos ambiciosos, conocimiento industrial, recursos renovables y capacidad tecnológica. Para aprovecharlos plenamente, debemos abordar la transformación del sistema de manera coordinada, con neutralidad tecnológica y con una visión realista de los plazos y las necesidades de cada sector.
Porque la transición energética no se mide únicamente por los objetivos que fijamos, sino por nuestra capacidad colectiva para convertirlos en proyectos, infraestructuras y soluciones que mejoren la vida de las personas. La segunda mitad de esta década nos ofrece la oportunidad de acelerar ese camino y construir un sistema energético más sostenible, competitivo, resiliente y preparado para el futuro.
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